lunes, 28 de diciembre de 2009

Semana 8.

El primer cambio de la vida de embarazada es estrictamente matemático. Y para ser más precisos, entraría dentro del capítulo titulado "unidades de medida". Si hasta ahora tu vida se medía en días, meses, épocas, semana habil vs. fin de semana, o estaciones del año, ahora el tiempo empezará a medirse de una única manera: Semana Nº X. Y esto, que inicialmente solo parece una imposición del obstetra y todo el fucking sistema médico, rápidamente se internaliza, y ahí anda una (¿o seré solo yo?) pensando por semanas numeradas y hasta rastreando la evolución del embarazo por internet (ya casi una muletilla: quien me ha visto y quien me ve).
Por otra parte, lo primero que una descubre es que la verdad de los síntomas está bastante lejos de lo que suelen decirte médicos y folletines. La realidad es, como casi siempre, bastante más cruel. Y la distancia que hay entre lo que una siente y lo que los demás (guiados por médicos y folletines) creen que una siente, es, digamos, inmensa. Y el resultado es un malestar bastante solitario, sin importar cuantas exteriorizaciones una intente hacer. Entonces, para que se sepa, la verdad es esta.
Náuseas: Son prácticamente constantes. Suelen ir acompañadas de acidez, sensación de asco, mareos. Y no son matutinas, no no no. Se quedan con una casi todo el día. A mí, por ejemplo, a la noche casi no me dejan probar bocado. Por supuesto que los colectivos y otros vaivenes las acrecientan, eso ni hablar. Pero aunque una se tire en la cama y coma livianito, lo cierto es que nada, absolutamente nada, las hace desaparecer. Ni siquiera las pastillitas esas que recomienda el médico.
Problemas digestivos: Todos (personas sensibles, abstenerse de este apartado). Digamos que el primer trimestre de embarazo es un péndulo que te lleva del más completo estreñimiento a la cagadera más cruel en sólo 2 o 3 días. Y como si esto fuera poco, las comidas que uno ingiere no parecen tener ninguna incidencia en ese ritmo corporal indómito y completamente independiente del comportamiento alimenticio.
Hambre: Si algun alma ingenua creía que la combinación de náuseas + problemas digestivos podía tener como contracara positiva un control del hambre, pues lamento decirle que se equivoca. El hambre sigue ahí, al acecho. No es constante, pero cuando llega, llega fuerte. Y sobre todo, es insólito. De golpe a las 5 de la tarde una quiere comer ensalada de repollo y choclo. O sanguchitos de jamón. A las 12 del mediodia se te encaja un alfajor. Y al rato, pollo con arroz. Algunas otras cosas que hasta entonces te encantaban, se vuelven incomibles. En mi caso, le toco al queso. Ahhhh, no puedo probar nada con queso, en ninguna de sus formas. Mucho menos caliente. Hay días que te comerías el mundo, y otros que no podes pasar bocado. Y sobre todo, por momentos (y sabiendo que una anda con el estómago sensible y las náuseas a la mano) te agarran unas ganas locas de comer unas hamburguesas con queso y papas de mcdonalds, o unos panchos con tres salsas de esos que venden en la calle, todo, todo con muchísima grasa. Eso sí. Nada de esto es tan impostergable como cuentan las películas. Digamos que si una puede, se lo gestiona con mucho gusto. Y si no, se la banca y al ratito se le pasa. Esto lo aclaro porque odio esa justificación de mina mañosa que supuestamente tiene antojo de tomatitos cherry un domingo a la hora de la siesta y le jura al pobre marido/novio/compañero/chongo que si no los come, se muere. Eso, como en muchas otras circunstancias de la vida, es ñiñería y mala onda.
Sueño: Ahora sí, el rey de los síntomas por excelencia. Como la mayoría de la gente sabe, las embarazadas durante los primeros meses tenemos mucho sueño. Aunque para ser sinceros, sueño no es la palabra. Digamos que la sensación se parece mucho más a un estado de sopor y letargo constante, interrumpido por momentos agudísimos de una modorra insoportable que te cierra los ojos estés donde estés. Y cabeceas. Cabeceas viendo una peli, en el bondi, en la cola del banco, en el trabajo, en la mitad de una comida, en la bañadera. No importa donde. Literalmente, hay momentos en los que te morís de sueño. Y cuando dormis, lo haces profundamente, y salir del sueño es algo así como subir varios escalones desde profundidades desconocidas hacia la superficie de la conciencia. Y cuesta. Cuesta aunque te hayas dormido una siesta de 3 horas. Y además, esos otros ratos en los que no dormís (que cada vez son menos), digamos que tampoco te sobra demasiada energía para hacer cosas. Laburar consume toda la energía de un día. Entonces después, te queda cama o deambular por la ciudad en estado de semi-conciencia. Yo, por ejemplo, ayer que era domingo decidí ayudarlo a G. y pintar la ventana grande del living. Cuando termine, con los 30 grados de calor que hacía, solo tenía resto para dormir. Dormir 3 horas y después leer, comer y bañarme, y punto. Y ojo eh, que no importa cuán enérgica hayas sido en tu vida hasta este momento... entre la semana 4 y la semana 12 (así te dicen todos, y creen que es un consuelo!) pasas a tener la energía vital diaria de una babosa. Y no hay nada que hacerle, salvo contar y seguir esperando....
Yo voy por la 8... quedan 4. Y en este momento, digan lo que digan, yo se (con certeza) que es muchísimo.






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